Rumanía: Un viaje lento a las raíces de Europa

Rumanía llevaba tiempo en nuestra mente. Tres años, para ser exactos. Nos atrajo su historia, su naturaleza salvaje y la sensación de que aún vive ligeramente al margen de las rutas más visitadas de Europa. No queríamos ir solo para tacharlo de la lista.
Queríamos comprenderlo, recorrerlo con respeto y dejar que nos sorprendiera.
Y así fue. Superó todas nuestras expectativas.

Desde el principio, sabíamos que este viaje tenía que ser diferente. Queríamos salir de la burbuja turística habitual, acercarnos a la gente y su cultura, y disfrutar de los paisajes sin prisas. Quisimos darle un toque especial y organizarlo de un modo que nos conectara más con las personas, que nos acercara a su cultura y nos sumergiera en la naturaleza, y salir un poco más del esquema habitual en que viaja el turista. Elegimos visitarla no solo para descubrirla, sino para hacerlo con respeto, con la mirada abierta, tratando de entenderla y experimentarla, no sólo conocerla. Por eso confiamos en The Slow Travellers, una agencia local profundamente comprometida con el turismo consciente y sostenible. Desde el primer día, su fundadora, Smaranda Balut, diseñó el viaje con una intención clara: viajar despacio, generar un impacto positivo y estar plenamente en contacto con la cultura local, respetando la biodiversidad.

Un país construido en capas

Rumanía es una mezcla fascinante. Sus raíces se remontan a la antigua Dacia, conquistada por los romanos en el siglo II, que dio forma a la lengua latina y a los fundamentos culturales del país. Durante la Edad Media surgieron los principados de Valaquia y Moldavia, mientras que Transilvania estuvo bajo distintas dominaciones. En 1877 obtuvo su independencia del Imperio Otomano y en 1881 se convirtió en reino. Tras la Primera Guerra Mundial logró la unificación de sus principales territorios.


La dictadura comunista de Ceaușescu dejó profundas cicatrices y, desde su adhesión a la Unión Europea en 2007, Rumanía ha experimentado una vibrante transición entre la tradición y la modernidad.
Esta historia en capas se puede ver en todas partes: en las ciudades, en los pueblos y en la forma en que la gente se relaciona con su tierra.

Transilvania: perderse para encontrarse a uno mismo

Con 238.000 km², Rumanía es el país más grande del sureste europeo, algo así como el tamaño del Reino Unido. Los Cárpatos, una de sus joyas naturales, guardan los bosques vírgenes más extensos del continente, con un verde intenso incluso en los cálidos días de agosto que siempre me sorprendía gratamente. En ellos habitan especies únicas como el rebeco carpático y más del 60% de los osos pardos de Europa (aunque no nos topamos con ninguno, quizás fue lo mejor por algunos accidentes recientes).
Transilvania, la región donde se centró nuestro viaje, es una tierra de mitos, fortalezas y paisajes que parecen salidos de un cuento. Su nombre significa “más allá del bosque”, y ya en el año 1075 aparece mencionada en un documento latino como Ultra Silvam (más allá del bosque).

Cluj Napoca: juventud y cultura

Nuestra puerta de entrada fue Cluj-Napoca, una animada ciudad universitaria con un pulso sorprendentemente joven. A orillas del río Somesul Mic, fue en tiempos la capital húngara de Transilvania y es la ciudad más grande de la región. Cuando paseas por la ciudad y su centro histórico, percibes que la población emana juventud. Más de 90 000 estudiantes llenan sus calles de energía. Cuando paseas por la ciudad y su centro histórico, percibes que la población emana juventud. El porqué está en que congrega a más de 90.000 estudiantes en siete universidades y están proliferando los nómadas digitales y coworkings de profesionales de cualquier parte del mundo que deciden trabajar aquí.

Todo está a poca distancia: plazas históricas, mercados locales, parques frondosos y cafeterías donde la tradición y la vida contemporánea se mezclan de forma natural. Recorrimos el centro comenzando por la Piata Unini presidida por la imponente catedral gótica de San Miguel que data del siglo XIV y con bastante influencia sajona. Las vidrieras y contrafuerte son sobrias a la vez que elegante mientras que hacen honor al gótico más puro del país.

Cluj es una ciudad muy enfocada en la cultura. Además de tener teatros y Ópera, también recibió el primer estudio de cine del país y alberga varios festivales de música y cine.

Decidimos también visitar el Jardín Botánico, y aunque algo alejado del centro, recomiendo llegar caminando, pues atravesarás otros barrios con edificios de estilo neoclásico muy bien conservados mientras conoces otra cara de la ciudad en un agradable paseo de 20 minutos.  Recomiendo visitarlo durante las horas de calor si vas en verano. Ocupa 14 ha y es uno de los más grandes de Europa oriental, con más de 11.000 especies vegetales procedentes de todo el mundo. Cuenta con un invernadero muy completo con plantas tropicales, carnívoras y otras especies procedentes de todo el mundo.

El Museo Etnográfico nos ayudó a comprender la vida rural de la región, sorprendentemente similar a la de algunas zonas de España de hace un siglo. Y el mercado de agricultores Mihai Viteazul fue toda una lección sobre la economía local: frutas y hortalizas directamente del campo, todo con un toque muy local. Ubicado en la planta baja del complejo LEU, tiene una superficie de 3.000 metros cuadrados. Diariamente, en él, podemos encontrar de todo, desde verduras y frutas hasta quesos, carnes o flores, la mayoría directamente del productor.

  En la tarde, un paseo por el Parque Central es más que recomendable. Tiene un estanque central donde puedes tomar embarcaciones a remo. En un extremo del parque se encuentra el Teatro de Ópera húngaro.

Por último, y para tener una imagen a vista de pájaro de Cluj Napoca y a vista de pájaro, visitar la fortificación de Cetăţuia, sólo se conserva un tercio de los muros, pero es un lugar ideal para descubrir una imponente panorámica. La fortificación fue usada como cárcel, especialmente durante la Revolución de 1848; allí fue encarcelado y ejecutado el famoso pastor sajón (de Transilvania) Stephan Ludwig Roth, uno de los héroes de la Revolución.

Y para cenar, mi restaurante preferido es Roata, rústico a la vez que elegante, con una buena cocina local y un trato cercano y profesional.

Pero para desayunar, te recomiendo este lugar, Eggcetera, en la calle Napoca 13, para desayuno y brunch, un café riquísimo, unos platos espectaculares y deliciosos, y además es amigable con las mascotas.

Toda la ciudad de Cluj Napoca la visitamos caminando, quizás recorrimos cada día unos 10 km, pero es una ciudad amigable, amena, segura, y gratificante.

Sighișoara y Sibiu: Ciudades congeladas en el tiempo

Tras pasar dos días y medio en esta ciudad moderna y tranquila, nos dirigimos a Sibiu. De camino este día visitamos 3 puntos importantes en nuestro recorrido: Salina Turda, el espectacular cañón de Cheile Turzii y la bella población de Sighisoara.

   Salina Turda: esta mina de sal se encuentra a unos 32 km y se considera una de las más grandes y longevas de Europa.  Los primeros registros de extracción datan del año 1075 y estuvo activa hasta 1932. Pero la época de explotación más prolífica duró unos 250 años. Gracias a ello, convirtió a Cluj Napoca en una de las ciudades más prósperas de Transilvania.

 Fue también un excelente refugio durante la Segunda Guerra Mundial, e incluso más tarde se habilitó para curar quesos.

En 2009 se abrió al público con el fin de ser visitada no solo para conocer su historia, sino como un parque temático futurista. Es un modelo ejemplar de reconversión turística para apoyar la economía local que ofrece actividades recreativas como una noria de 20 metros de altura, mini-golf, bolos, billar, ping-pong, puedes realizar un paseo en barca, toboganes para niños.

Por otro lado, tiene propiedades balnearias, pues el ambiente salino favorece la salud, la relajación y el bienestar. La temperatura en la parte más profunda no supera los 10 ºC

Seguimos nuestra ruta hasta Cheile Turzii, una reserva protegida de unas 324 hectáreas que se extiende flanqueada por un cañón espectacular, ideal para una caminata de medio día. Las paredes de la garganta alcanza hasta 300 metros de altura y están formadas por calizas jurásicas erosionadas por el río Hășdate. El paisaje es muy escarpado, con formaciones rocosas, cascadas pequeñas y abundante zonas de bosque que lo hace ideal para caminar en verano, la temperatura aquí es algo más fresca.

Se recomienda llevar un calzado de trekking con suela adherente porque las piedras mojadas y erosionadas resbalan. También algo de comida tipo snack, y si es posible recorrerla temprano para evitar aglomeraciones, pues mucha gente viene a hacer la ruta. Al ser reserva natural, es obvio que no se puede dejar basura, ni gritar para no molestar a los animales. El sendero está bien marcado y no se debe abandonar.

De camino a Sibiu, realizamos una parada en Sighisoara. Es una de las ciudadelas medievales mejor conservadas de Europa. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999. Pasear por sus calles empedradas y libres de tráfico es como retroceder varios siglos en el tiempo. Fue fundada por los sajones (colonos alemanes) y data del Siglo XIII.

Recorrer esta ciudad es emprender un viaje al pasado: un enclave medieval que parece haberse detenido en el tiempo. Hay calles estrechas y adoquinadas. Las escaleras empinadas te llevan a la torre del reloj. Hay plazas recónditas y torreones. Está cerrado al tráfico y es muy agradable pasear a pie. La ciudad antigua se divide en la parte baja y la parte alta, separadas por una muralla de un kilómetro de longitud salpicada por 9 torres y 2 bastiones.  

La Torre del Reloj es uno de los símbolos de la ciudad: mide unos 64 metros, antiguamente fue parte de las murallas defensivas y es hoy un museo con vistas panorámicas al casco antiguo.

Justo al lado de la Torre se encuentra la casa en la que vivió Vlad Dracul entre 1431 y 1435 que alberga una exposición de armas medievales y una exposición sobre la vida de Vlad Tepes, su hijo.

La gastronomía local en los cafés del centro histórico es muy recomendable, y los postres son exquisitos. Te sentirás en un ambiente medieval donde se respira la mezcla cultural de las influencias sajona, húngara y rumana.

Nuestra jornada acaba en Sibiu, situada en el corazón de Transilvania. Es una ciudad que combina un rico patrimonio medieval con una vibrante vida contemporánea.

Al día siguiente, decidimos tomar un abundante desayuno en uno de los restaurantes de la Piata Mare, y rodeados de edificios singulares de la época medieval cuyos tejados a dos aguas exhiben unas pequeñas ventanas que se les conoce como “los ojos de Sibiu”.

Fundada por colonos sajones en el siglo XII y conocida durante siglos como Hermannstadt, Sibiu fue un centro clave de cultura y comercio. Aquí se abrieron el primer hospital (1292) y la primera farmacia de Rumanía (1494). Visitamos el Museo Brukenthal, joya del arte europeo y uno de los más antiguos de Europa del Este con grandes obras de pinturas mundialmente conocidas como la de “Ecce Homo” de Tiziano en 1660.

 Pasear por sus plazas adoquinadas, La Gran Plaza y la Pequeña Plaza, es como caminar por la historia, entre fachadas de colores y los famosos “ojos” de los tejados que parecen vigilarte desde lo alto.

Pero Sibiu no es sólo pasado: hoy vibra con festivales de música, teatro y arte durante todo el año. En invierno, el mercado navideño convierte el centro en un escenario mágico con luces y aromas de vino caliente, mientras que en verano las terrazas y cafés se llenan de vida.

Mi consejo: sube los 192 escalones de la Catedral Evangélica para ver desde su torre los tejados “con ojos” y disfrutar de una panorámica inolvidable de la ciudad. Piérdete por las callejuelas del casco antiguo y dedica tiempo a probar la gastronomía local en alguna terraza con vistas. Me encantó el restaurante Hermania, que rescata la herencia sajona, y las sopas que ofrecen son exquisitas. Y si tienes más días, usa Sibiu como base para explorar pueblos sajones, iglesias fortificadas o incluso escaparte a las montañas Făgăraș. Es un destino perfecto para quienes buscan cultura, encanto medieval y la hospitalidad rumana en un solo lugar.

Carreteras, montañas y leyendas

Tras Sibiu nos espera uno de los momentos más esperados: Transfăgărășan, la carretera más espectacular de Rumanía. Si hay una ruta que merece estar en la lista de cualquier viajero en Rumanía, esa es la Transfăgărășan. Esta carretera mítica fue construida entre 1970-1974 bajo el régimen de Nicolae Ceaușescu, con un fin militar estratégico (controlar las montañas y facilitar movimientos del ejército en caso de invasión soviética). No es solo un camino. Es una experiencia que combina aventura y naturaleza. Los paisajes alpinos parecen sacados de una postal.

 La Transfăgărășan no es solo una carretera: es un viaje que combina adrenalina y contemplación, un lugar donde cada curva te regala un paisaje nuevo. Si visitas Rumanía, no te la pierdas; y si además haces la caminata hasta la Cascada Bâlea, te llevarás uno de los recuerdos más intensos y bellos de Transilvania.

Uno de los puntos más icónicos de la ruta es el Lago Bâlea, un lago glaciar a más de 2.000 metros de altitud. Se puede llegar en coche.  Contemplar este paisaje escénico es todo un espectáculo, pero detenerse y contemplar el agua tranquila rodeada de picos es simplemente inolvidable. Depende del día, la bruma aparece y desaparece por momentos, ocultando el lago completamente. Además, desde el lago parte el sendero hacia la Cascada Bâlea, otro de los tesoros de la zona. La caminata hasta la cascada es un regalo para los amantes de la naturaleza: el sonido del agua cayendo desde más de 60 metros se mezcla con el aire fresco de montaña y los prados verdes que enmarcan el paisaje. Es el tipo de experiencia que te reconcilia con la calma y te recuerda lo grandioso de la naturaleza.

El siguiente punto que nos espera para visitar es la Fortaleza Fagaras, de camino a Brasov. Fue construida en 1310, sustituyendo a la fortaleza de madera anterior del siglo XII que fue quemada por los tártaros. Esta fortaleza está considerada una de las fortificaciones más robustas de Transilvania, rodeada de un profundo foso, que, en tiempos de guerra o disturbios sociales, podía llenarse fácilmente con agua de un arroyo cercano de la montaña. Un puente sobre el foso era el único punto de acceso. La fortaleza cuenta con fuertes murallas defensivas y cinco torres de vigilancia.

Y ya que estamos en Fagaras nos dimos una vuelta donde muy cerca nos topamos con una magnífica iglesia ortodoxa que sin duda merece la pena admirar por su majestuosidad y decoración dorada.   Nuestra siguiente parada fue El monasterio rupestre de Şinca Veche es un monumento histórico situado en el territorio del pueblo Şinca Veche. Su singularidad es que fue un monasterio en ununa gruta, convirtiéndolo en un lugar único y enigmático. Es una estructura excavada en roca compuesta por varias cámaras interiores que funcionaron como espacios religiosos. Algunos estudios estiman que el lugar podría tener una antigüedad de miles de años (hasta 7 000 años según algunas estimaciones), lo que mezcla historia con leyendas; otros sitúan su uso cristiano desde épocas más recientes, como el siglo XVIII.

Y para acabar nuestro día nos dirigimos al icónico y emblemático castillo Bran o conocido popularmente como el “Castillo de Drácula”. Elevado sobre un acantilado de más de 60 metros, rodeado de montañas y envuelto en un halo de misterio, el castillo de Bran se alza como uno de los iconos más reconocibles de Transilvania. Su silueta, marcada por torres y tejados puntiagudos, ha alimentado durante décadas la leyenda asociada al conde Drácula de Bram Stoker, aunque la historia real del castillo es, por sí sola, suficientemente fascinante.

Construido en el emplazamiento de una antigua fortaleza de los Caballeros Teutónicos que data de 1212, el castillo fue documentado por primera vez en 1377, cuando los sajones de Kronstadt (la actual Brașov) recibieron el privilegio de levantar una ciudadela defensiva en la frontera entre Transilvania y Valaquia. Finalizado en 1388, el castillo cumplió durante siglos una función estratégica y de control comercial, además de servir como residencia real.

En su interior, el castillo sorprende por su carácter laberíntico: 57 estancias revestidas de madera, pasadizos secretos, escaleras estrechas y sinuosas, y una interesante colección de muebles, armas y armaduras que recorren varios siglos de historia, del XIV al XIX. Todo ello contribuye a crear una atmósfera que oscila entre lo histórico y lo legendario.

Visitarlo a última hora de la tarde fue todo un acierto. Mientras que por la mañana las colas suelen ser interminables y la experiencia más masiva, al caer el día el castillo se recorre con mayor calma. Sin apenas espera y con menos visitantes en las salas, la visita resulta mucho más relajada e íntima, permitiendo apreciar los detalles arquitectónicos y la historia del lugar sin prisas.

Más allá del mito de Drácula, el castillo de Bran es un testimonio vivo del pasado medieval de Rumanía y una visita que, en el momento adecuado, se convierte en una experiencia tan evocadora como memorable.

Y finalmente nuestro día acaba en la ciudad de Brasov.

Nuestro hotel, en el mismo centro de Brasov, nos recibió tras una singular cena en su restaurante centenario, situado en un monumento histórico de más de 400 años y que recomiendo como una buena experiencia: Restaurante Bella Muzica.

Despertamos en Brasov con ganas de recorrer la ciudad. Rodeada por las cumbres de los Cárpatos Meridionales y salpicada de arquitectura gótica, barroca y renacentista, Brașov es una de las ciudades más bellas y visitadas de Rumanía. Fundada en 1211 por los Caballeros Teutónicos sobre un antiguo asentamiento dacio, la ciudad fue posteriormente desarrollada por los sajones. Se convirtió en una próspera ciudadela medieval gracias a su estratégica ubicación. Estaba en las rutas comerciales entre el Imperio Otomano y Europa occidental. Su riqueza e influencia se reflejan en el cuidado casco histórico, donde destacan la Plaza del Ayuntamiento (Piața Sfatului), flanqueada por edificios barrocos de vivos colores, la imponente Iglesia Negra, el mayor templo gótico del país, y la estrechísima Strada Sforii, una de las calles más angostas de Europa. Dominando la ciudad desde lo alto, el monte Tâmpa y su emblemático cartel, visible a kilómetros de distancia, ofrecen una de las mejores panorámicas del corazón medieval de Brașov.

La tarde, la dedicamos a visitar Viscri, un pueblo muy autóctono, a poco más de una hora de Brasov, que alberga una de las iglesias fortificadas sajonas más interesantes de Transilvania. Viscri, cuyo nombre procede de Weisse Kirche en alemán, significa “iglesia blanca”. A diferencia de otras iglesias fortificadas de la región, ésta fue construida hacia el año 1100 por la población székely y posteriormente ocupada por colonos sajones en 1185, lo que explica algunas de sus singularidades arquitectónicas, como su techo recto y austero, en lugar de las habituales bóvedas góticas.

A lo largo de los siglos, el conjunto fue ampliándose y reforzándose: en el siglo XIV se reconstruyó la parte oriental, en torno a 1525 se levantaron las primeras murallas defensivas con torres, y en el siglo XVIII se añadió una segunda línea de fortificación. En su interior destaca un altar del siglo XIX, presidido por la escena de la Bendición de los Niños, obra del pintor local J. Paukratz. La iglesia fue objeto de una importante restauración entre 1970 y 1971, que permitió conservar este valioso patrimonio.

Más allá de su interés histórico, Viscri fue una de las experiencias que más me marcaron de Rumanía. El entorno, la tranquilidad del pueblo y su amplia calle principal, flanqueada por casas de fachadas coloridas, transmiten la sensación de haber viajado a otra época. Caminar por Viscri me transportó a mi infancia, a los recuerdos de la casa de mis abuelos y a aquellos antiguos enseres de labranza que hoy casi han desaparecido. Fue una visita profundamente emotiva, auténtica y difícil de olvidar.
 Antes de dejar Viscri, nos pasamos por Viscri 32, un hotel-restaurante muy recomendable, totalmente rural, donde degustamos una fabulosa merienda.

Volvemos a Brasov para cenar. Otro de los restaurantes que recomiendo por su calidad y cercanía en el trato, además de ser muy singular en la decoración, es Bistro del Arte. Además, cuando estuvimos, uno de los camareros hablaba español, lo que hizo la cena, a pesar de estar cansados, muy agradable.

Nueva jornada: Hoy el viaje cambia de ritmo.
Al dejar atrás Transilvania y avanzar hacia Valaquia, no solo se cruza una frontera geográfica, sino también cultural y emocional.

El paisaje se abre, los pueblos se dispersan entre colinas suaves y la vida cotidiana parece transcurrir más despacio. La arquitectura se vuelve más sencilla, el vínculo con la tierra más evidente y las tradiciones permanecen integradas en la vida diaria. Estás atravesando una extensa zona rural, donde el tiempo se mide de otra forma y la naturaleza sigue marcando el compás.

La tierra de Buzău: Cuando viajar significa cuidar

Cuidar paisajes frágiles, comunidades rurales y formas de vida que resisten al ritmo acelerado del mundo contemporáneo. En Rumanía, ese enfoque encuentra un ejemplo claro en la tierra Buzău. Es un territorio que demuestra cómo el turismo puede convertirse en una herramienta de desarrollo sostenible y consciente.

El tránsito desde Transilvania hacia Valaquia marca un punto de inflexión en el viaje. No solo cambian los estilos arquitectónicos o el paisaje, sino también la relación entre las personas y su entorno. Se atraviesa una amplia zona rural donde la agricultura, las tradiciones locales y el conocimiento del territorio siguen siendo parte esencial de la vida cotidiana.

En este contexto nace “Buzău Land UNESCO Global Geopark”, un proyecto que protege, interpreta y comparte un patrimonio natural y cultural excepcional, sin desligarlo de las comunidades que lo habitan.

Un territorio donde la geología es identidad

La tierra de Buzău es uno de los espacios con mayor diversidad geológica de Rumanía. Sus paisajes no son solo espectaculares, sino también frágiles, resultado de procesos naturales que se han desarrollado durante millones de años.

El geoparque alberga:

  • Volcanes de lodo activos, un fenómeno poco común en Europa.
  • Llamas eternas, provocadas por emisiones naturales de gas.
  • Domos y montañas de sal, restos visibles de antiguos mares.
  • Formaciones rocosas y esfinges naturales creadas por la erosión.
  • Un tipo de ámbar único, con inclusiones prehistóricas de gran valor científico.

La designación como UNESCO Global Geopark no responde únicamente a la conservación, sino a una visión integral: educación ambiental, turismo responsable y desarrollo local como pilares de futuro.

Experiencias que conectan con el territorio

En Buzău, las visitas no se conciben como atracciones aisladas, sino como oportunidades para comprender la relación entre paisaje, historia y comunidad.

Volcanes de lodo de Berca

Este paisaje, que recuerda a la superficie lunar, permite observar cómo la tierra continúa viva y en constante transformación. El acceso controlado y los senderos señalizados buscan minimizar el impacto humano y preservar el ecosistema. Apenas se visita y es una primicia estar allí observando los borbotones en los charcos de agua o subir a uno de los montículos que le lodo ha ido generando con formaciones caprichosas, Gaudí se hubiera inspirado en ellos.

Alojamiento con impacto: Dormir también es una decisión

El día termina en Aluniș Retreat, un proyecto que va más allá del alojamiento. Situado a las afueras de Aluniș, un pequeño pueblo de Buzău Land, este espacio integra arte, comunidad y territorio, apostando por un modelo de hospitalidad que genera impacto positivo.

Aluniș Retreat colabora con artistas, apoya iniciativas locales y promueve una forma de viajar más lenta, consciente y respetuosa. Es un ejemplo claro de cómo el alojamiento puede convertirse en un agente activo de transformación social. Cuenta con habitaciones, bungalows y glamping totalmente equipados.

El ambiente es totalmente familiar, la comida casera, y es como estar en tu casa. En el centro del resort hay un jardín con jacuzzi y zona para el fuego con sillas alrededor. Como la noche era fresca, algunos huéspedes decidieron encender el fuego y poco a poco los demás nos fuimos uniendo. Tomamos una botella de vino rumano del bueno, que Smaranda nos había regalado cuando nos encontramos en Sighisoara y decidimos compartirla. Tengo que decir que para los cuatro fue uno de los momentos más entrañables y especiales, simplemente el fuego, un puñado de viajeros, el cielo estrellado y el canto de los grillos en la noche saboreando un buen vino. Ahí, descubrí la belleza y el significado del Slow Travel.

La ubicación es ideal para practicar senderismo y ciclismo, y a sólo 45 km de Volcanes de lodo de Berca, aunque en tiempo se tarda una hora y media en coche. Pasamos un par de días aquí, visitando tranquilamente el pueblo de Alunis y su iglesia azul en la roca para dirigirnos a nuestro último punto: Bucarest.

Bucarest: Belleza imperfecta y memoria viva de Europa del Este

Bucarest es una ciudad que no oculta sus cicatrices. Su aspecto, en ocasiones decadente, convive con una esencia imperial imposible de disimular. Grandes avenidas arboladas, edificios monumentales tras rejas de hierro forjado, fachadas abandonadas que alguna vez fueron símbolo de poder y modernidad… todo habla de una capital que conoció la grandeza y aún conserva su dignidad.

Si existieran los recursos necesarios para restaurarla en su conjunto, Bucarest podría volver a ser, sin exagerar, el París de Europa del Este. No le falta historia, escala ni ambición urbana para ello.

Pasear por su centro histórico es altamente recomendable. Entre contrastes y superposiciones, la ciudad se revela poco a poco: iglesias ortodoxas discretas pero de una belleza extraordinaria, edificios de inspiración francesa, vestigios art déco y la contundente herencia del periodo comunista.


De “Pequeño París” a metrópolis contemporánea

A principios del siglo XX, Bucarest era conocida como “Little Paris”, apodo ganado gracias a su vida cultural, su arquitectura Belle Époque y su espíritu cosmopolita. El geógrafo francés Élisée Reclus ya escribía en 1883 que la ciudad “merecía plenamente su sobrenombre de ciudad alegre”, reflejo del dinamismo y la prosperidad de la época.

Hoy, Bucarest es una metrópolis vibrante, donde conviven capas de historia muy distintas: iglesias ortodoxas junto a bloques comunistas, mansiones de influencia francesa, el Arco del Triunfo inspirado en el parisino y el imponente Palacio del Parlamento, uno de los edificios administrativos más grandes del mundo, con más de mil salas y miles de lámparas. Fue mandado construir en la década de 1980 por el dictador Nicolae Ceaușescu como símbolo de poder del régimen comunista. Para su edificación se demolieron barrios históricos enteros y miles de personas fueron desplazadas. Hoy alberga el Parlamento rumano y se erige como uno de los monumentos más imponentes y controvertidos de Europa, tanto por sus dimensiones colosales como por la historia que encierra.

Una ciudad de contrastes, creatividad y resiliencia

El periodista Angus Begg describe Bucarest como una ciudad que “respira creatividad y dolor” en un paisaje de influencias cosmopolitas. Y esa definición sigue siendo válida hoy. Desde la herencia sajona y otomana hasta la profunda huella del régimen de Ceaușescu, la capital rumana es un ejercicio constante de memoria urbana.

Bucarest no es una ciudad fácil, pero sí profundamente auténtica. Una capital que no se visita para complacer, sino para comprender.

La gastronomía en Rumanía

La gastronomía rumana, y en especial la de Transilvania, es una expresión sincera de su tierra y su gente. Platos tradicionales elaborados con productos naturales, procedentes de la agricultura local, conservan recetas transmitidas de generación en generación. Sabores honestos, contundentes y reconfortantes que hablan de hogar, de paisaje y de memoria. Comer en Rumanía es también una forma de comprenderla.

Algunos platos típicos y tradicionales son:

Sarmale: hojas de col fermentada rellenas de carne, arroz y especias, cocinadas lentamente.

Ciorbă (especialmente ciorbă de burtă o de verduras): sopas ácidas y reconfortantes, base de la cocina diaria.

Mămăligă: polenta tradicional, servida con queso local, nata o guisos.

Tocăniță: estofado de carne y verduras de temporada, intenso y muy casero.

Papanasi: postre emblemático a base de queso fresco, acompañado de nata y mermelada.

Rumanía deja huella

Rumanía no es un destino fácil ni refinado. Es un país que se visita para comprenderlo, no solo para admirarlo. Viajar aquí de forma consciente, apoyando a las comunidades locales y respetando el ritmo natural del país, transforma la experiencia.
Y, como todos los lugares que realmente importan, siempre te deja con ganas de volver.

Tras el viaje: El cuidado invisible que lo hizo posible

Este viaje no habría sido lo mismo sin Smaranda Balut, directora general y alma de The Slow Travellers. Desde el primer contacto, diseñó cada etapa con esmero, entendiendo exactamente cómo nos gusta viajar y lo que buscábamos: una conexión genuina con el país, respeto por las personas y experiencias con significado.
Aunque nos acompañó virtualmente durante toda la ruta, su presencia fue constante. Todos los días estaba ahí, atenta a los detalles, respondiendo preguntas, ajustando los horarios y asegurándose de que todo fluyera con naturalidad. También tuvimos el placer de conocernos en persona en Sighișoara, y ese encuentro confirmó algo esencial: detrás de este viaje había alguien que realmente escucha, se preocupa y se siente profundamente conectada con su tierra.
Si deseas descubrir Rumanía con la misma autenticidad con la que la vivimos nosotros, no dejes de contar con esta profesional excepcional. Smaranda Balut va mucho más allá de organizar viajes: acompaña, cuida y atiende cada detalle con una sensibilidad única, transformando el recorrido en una experiencia profundamente humana, auténtica e inolvidable.

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