Galápagos: mujeres, conservación y el futuro de un ecosistema único
Un territorio donde la biodiversidad marca el ritmo de la vida y donde el futuro de la conservación también depende de reconocer el papel de las mujeres en la comunidad, la economía local y el turismo sostenible, escrito por Fernanda Sánchez, investigadora y especialista en desarrollo sostenible.
Fernanda Sánchez, en este artículo escrito para Travel 2 Care People and Planet, nos desvela cómo su experiencia en Galápagos le ha permitido conocer de cerca la simbiosis entre la conveservación de la biodiversidad, el turismo regenerativo y la justicia social y, especialmente, el papel de las mujeres en la construcción de un futuro más sostenible para las islas.
Galápagos: cuando la conservación se convierte en una forma de vida
Escribo desde una oficina en el edificio La Previsora, en Guayaquil a las 17h00, mientras todos cierran sus computadoras y el sol entra por la ventana, el río Guayas se mueve con esa calma engañosa que tiene, y abajo la ciudad sigue su ritmo: gente que camina rápido para regresar a sus hogares, las personas pensando en deudas, en proyectos, en cómo sostener la vida un día más.
Y, sin embargo, una parte de mí sigue en Galápagos. No como un mero recuerdo, sino como reflexión de cómo vivir la vida de manera distinta.
Llegué de las islas hace unos meses, donde estuve trabajando como voluntaria en el Parque Nacional Galápagos, recorrí senderos en Santa Cruz, Isabela y San Cristóbal desde una mirada técnica: revisando señalética, observando presión turística.
En Galápagos, cada acción tiene una consecuencia, el isleño realiza trabajos que casi nadie ve. Por ejemplo, en Isabela, en un pequeño taller escondido entre la vegetación, los guardaparques reparan barandas, ajustan estructuras, construyen soluciones con los materiales que tienen a la mano.
Ahí entendí algo importante:
la conservación no es solo ciencia, es oficio. Es trabajar en congruencia con estos principios de práctica cotidiana y real.
Mientras vivo el estilo isleño, también hay historias y conversaciones sobre el mar, sobre la pesca de pepino de mar, sobre la langosta de Galápagos, y sobre las vedas, los controles, las tensiones en el mar y en la ruralidad; otros temas sociales, como la división sexual del trabajo, y como los hombres predominan en labores como la pesca, como guía naturalista, en transporte y cargos institucionales, mientras que las mujeres ocupan espacios “feminizados”: cocina, limpieza, educación, comercio informal, cuidado.

En Galápagos puedes encontrar, mujeres y hombres campesinos que cultivan el café, pescadores, operadores de turismo, guías turísticos o profesionales de distintas disciplinas como; biólogos, educadores, comunicadores, arquitectos, compartiendo espacio, trabajo y también incertidumbres. En ese entorno, y durante mi investigación para mi propuesta doctoral surgieron algunos vínculos inesperados.
Conocí mujeres que marcaron mi proceso, mujeres que leyeron mis ideas, que cuestionaron, que aportaron desde su experiencia. En medio de esa dinámica terminé de estructurar mi propuesta doctoral y fue ahí mismo donde recibí la noticia de que fui aceptada en la Universidad de Warwick en el programa de Desarrollo Sostenible, Global Sustainable Development.
Galápagos te obliga a pensar distinto. A hacerte preguntas más complejas. A entender que la sostenibilidad no es un concepto, es una práctica cotidiana, llena de tensiones.
Turismo regenerativo: experiencias que conectan naturaleza y comunidad
También existen lugares donde el ecoturismo y el turismo rural adoptan el enfoque regenerativo. Esto lo evidencio con dos experiencias muy distintas, pero profundamente conectadas: Pikaia Lodge en Santa Cruz y la Finca El Trinar en San Cristóbal o la nueva reserva Los Petreles.
Estas experiencias muestran que el turismo en Galápagos no solo se trata de admirar paisajes. También se trata de cómo un destino frágil puede equilibrar conservación, viaje y bienestar local. Detrás de cada caminata, cada inmersión y cada encuentro con la fauna hay procesos comunitarios, esfuerzos científicos y decisiones operativas que sostienen este modelo. Pikaia Lodge, Reserva Los Petreles, Finca El Trinar han ido más allá de la sostenibilidad básica. Se han convertido en espacios de restauración, aprendizaje y cohesión social
Finca El Trinar: memoria, agricultura y regeneración en el corazón rural de San Cristóbal
San Cristobal es el punto de partida….
Finca El Trinar ofrece un tipo de experiencia muy diferente, una que conecta a los visitantes con la historia íntima de Galápagos. Conversar con la familia Yépez Guamanquishpe, cuatro generaciones dedicadas a la agricultura y la pesca artesanal, revela una historia que rara vez aparece en los folletos turísticos. Es la historia de la memoria rural como base de la conservación.
La actual guardiana de la finca recuerda cómo su abuela llegó a San Cristóbal alrededor de 1916 o 1917, en los años posteriores al declive del proyecto penal agrícola de Manuel Julián Cobos. Las historias familiares describen días largos llevando café, yuca o papaya a pie o en mula, intercambiando productos con pescadores que viajaban entre islas en botes de remo o vela. “Somos galapagueños porque aprendimos a vivir de la tierra y el mar, no al revés”, me dijo con un orgullo sereno.

Hoy la finca abarca veintiuna hectáreas, la familia ha reforestado áreas antes invadidas por la mora con especies endémicas como scalesia y matazarno. También han revitalizado el cultivo de café bajo sombra, contribuyendo a la Ruta del Café promovida por la autoridad de turismo.
El café de El Trinar no solo tiene sabor, sino que es parte de su memoria. Las familias han aprendido a seleccionar semillas, fermentar, secar y controlar la humedad para que cada cosecha cuente una historia de resiliencia y biodiversidad. Durante la pandemia, cuando el turismo se detuvo casi por completo, la finca se convirtió en un sostén comunitario, proporcionando productos agrícolas a trabajadores del turismo que habían perdido sus ingresos.

Los visitantes de El Trinar caminan entre los cultivos, siembran especies nativas, observan pinzones y aprenden sobre agroecología mientras comparten un café recién tostado. La propietaria, ex docente, lidera un proceso educativo que combina ciencia, tradición y conservación. Como ella explica, “la finca es aula, hogar y refugio”.
El Trinar es quizás uno de los ejemplos más claros de turismo rural con un enfoque regenerativo en Galápagos. No está diseñado para entretener superficialmente. Busca reconectar a las personas con el territorio, la memoria y la comunidad. No se limita a reducir impactos. Crea valor ecológico y social para el futuro..

Pikaia Lodge: el lujo entendido como compromiso con el territorio
Visitar Pikaia Lodge es una invitación a repensar lo que significa el lujo en Galápagos. Aquí no se mide por el exceso, sino por la coherencia ética. En conversaciones con el equipo directivo, una idea se repetía constantemente. Para ellos, la sostenibilidad no es una declaración de marketing. Es una práctica diaria entretejida en la identidad del hotel. Desde su apertura en 2014, Pikaia se ha comprometido con un modelo de hospitalidad que no solo compensa su huella, sino que trabaja para reducirla desde la fuente.
La frase “la sostenibilidad no es algo que compras, es algo que practicas” resume su filosofía. Esa coherencia se observa en decisiones concretas. Paneles solares suministran gran parte de la energía del hotel. El agua de lluvia es captada y reutilizada. Las aguas residuales se tratan adecuadamente. Los desechos se separan y gestionan con cuidado. Su ambición de alcanzar la carbono neutralidad se basa en acciones medibles: formación continua del personal, reducción de consumos innecesarios y operaciones que respetan los límites ecológicos de la isla.
Pikaia ha reforestado más de veinte mil plantas nativas, restaurando áreas degradadas y apoyando investigaciones sobre la tortuga endémica Chelonoidis donfaustoi. En una salida interpretativa, el equipo explicó cómo la restauración del hábitat está estrechamente ligada al futuro de esta especie. Quedó claro que sus esfuerzos se extienden más allá de los terrenos del hotel.



La propuesta gastronómica sigue la misma lógica. Una política de compras de kilómetro cero prioriza ingredientes locales. Pollo, huevos, vegetales, pescado, yogur, queso y café provienen de productores de la isla siempre que es posible. El menú destaca la identidad culinaria de Galápagos y Ecuador. Platos como cazuela o encocado aparecen junto a recetas contemporáneas que, según el chef, “buscan contar una historia de este territorio sin apropiarse de él”.
Su compromiso social también es tangible. Alrededor del 55 por ciento del personal son mujeres, muchas en cargos de liderazgo. El hotel contrata personas con discapacidad, apoya la educación formal y mantiene quince becas activas de inglés. A través del programa “Pack for a Purpose”, los huéspedes traen materiales educativos que luego se entregan a escuelas locales. Solo en 2024 se donaron más de 300 kilos de materiales a niños de El Cascajo, Santa Rosa y Bellavista. Pikaia también colabora con artesanos, agricultores, carpinteros y pescadores locales, construyendo relaciones basadas en la reciprocidad y la colaboración a largo plazo. Como señaló su gerente, “la sostenibilidad no puede ser un esfuerzo individual. Lo aprendemos juntos o nos quedamos atrás”.
Pikaia demuestra que el lujo puede ser un aliado de la conservación. Es un ejemplo de hotelería ética que no solo mitiga impactos. Ayuda a regenerar ecosistemas, redes sociales y conocimiento.

Vista del hotel Pikaia Lodge (foto facilitada por Fernanda Sánchez)
Por otro lado, la reserva Los Petreles fue creada para proteger al Petrel de Galápagos, ave en Peligro Crítico de Extinción que anida solamente en cinco islas
Viajar con respeto: el visitante como invitado en un territorio vivo
Galápagos conmueve y transforma mientras se hacen las cosas bien. Cada decisión que toma un visitante, desde elegir una operadora responsable hasta cerrar bien la botella reutilizable que lleva en la mochila, tiene un impacto directo en el futuro de estas islas. La experiencia más auténtica no proviene de visitar la mayor cantidad de sitios posibles, sino de aprender a ver mejor. Este no es un destino para correr. Es un lugar para escuchar. Es un territorio vivo donde el visitante no es simplemente un cliente, sino un invitado temporal en uno de los ecosistemas más importantes del planeta.
Conservar Galápagos es conservar una parte esencial de quiénes somos como país y como humanidad. La invitación es clara: llegar con respeto, sensibilidad y apertura.
Pero también es una oportunidad para mirarnos hacia adentro.
Ecuador es un país profundamente diverso. Pluricultural, atravesado por identidades, territorios, lenguas, memorias. En el continente, la vida se construye desde esa mezcla constante: lo indígena, lo afrodescendiente, lo mestizo, lo rural, lo urbano. La cultura está en todo: en la comida, en las fiestas, en las formas de habitar el territorio.






En Galápagos, la identidad no se construye desde siglos de herencia cultural, sino desde algo más reciente y, al mismo tiempo, más frágil: la conservación como forma de vida, atravesada por la migración, por el trabajo, por la adaptación constante a un territorio que pone límites.
Mientras en el continente la diversidad cultural es el eje, en Galápagos, el centro es otro: la relación con la naturaleza, en cómo la habitas, cómo la consumes, cómo decides y cómo la visitas.
Mi recorrido y mis encuentros con la fauna han sido lecciones de humildad. Y en medio de esas reflexiones, vuelven las imágenes: ver a un piquero de patas azules bailar para atraer pareja es presenciar la evolución expresada en gestos cotidianos. Ver a una tortuga marina ascender lentamente para respirar es recordar que el tiempo tiene otro peso aquí. Escuchar el aleteo silencioso de un petrel me hizo pensar en el papel de las mujeres en la conservación, pacientes, persistentes y protectoras de algo que no siempre habla, pero siempre necesita ser defendido.




En esa misma lógica, están las distintas formas responsables de habitar el mismo territorio, desde el lujo consciente hasta la memoria rural, sostienen un mismo objetivo: conservar.
Por un lado, Pikaia Lodge, donde la sostenibilidad está estructurada: energía, agua, residuos, empleo local. Un modelo donde el lujo no se mide por exceso, sino por coherencia.
Por otro, la reserva Los Petreles donde el Petrel de Galápagos, puede reproducirse sin presión, y la Finca El Trinar, donde la conservación se vive desde la memoria. Una finca familiar donde la tierra, el café y la historia se entrelazan con procesos de restauración ecológica y aprendizaje.
Estas formas de entender el mismo territorio son las que funcionan en este territorio y todo alrededor de las tortugas gigantes cruzando caminos sin prisa.
o las tortugas marinas que juegan a las escondidas en el mar cuando te ven. En mi experiencia, la vida animal sigue su propio ritmo y sobre todo sin un ápice de violencia, completamente ajeno al nuestro.




Fortos facilitadas por Fernanda Sánchez
Pero vivir ahí también implica mirar más allá de lo visible, En Galápagos se habla mucho de sostenibilidad. Está en los discursos, en las normas, en la planificación. Y sí, muchas cosas funcionan. Pero vivir ahí también te permite notar las tensiones.
Aunque en el discurso institucional se posiciona la sostenibilidad como un eje central, en la práctica, la sostenibilidad suele medirse desde lo ambiental: cuántos visitantes, cuánto impacto, cuánta regulación. Mientras tanto, las dimensiones sociales y territoriales quedan más difusas. El sistema actual privilegia la conservación ambiental sobre la justicia social.
En particular, se destaca que los enfoques actuales tienden a priorizar indicadores técnicos y ambientales, mientras que aspectos como la participación de actores comunitarios, las dinámicas comunitarias y las desigualdades en el acceso a oportunidades dentro del sector turístico reciben menor atención; porque, los actores se reúnen, discuten, pero no inciden. Y ahí aparece una brecha silenciosa entre lo que se planifica y lo que realmente se vive en el territorio.
Asimismo, mi investigación enfatizó en cómo la sostenibilidad no puede entenderse únicamente como un objetivo transversal o normativo, sino que requiere mecanismos concretos de implementación, articulación institucional y reconocimiento de los distintos actores que conforman la cadena de valor turística.
Y es ahí donde el rol de las mujeres deja de ser invisible.
Las barreras para enfatizar sobre la justicia social, el género, o en la idea de recuperar, las prácticas, memorias y conocimientos de las mujeres de la Isla o su ahínco por combinar actividades como la pesca, el turismo, el arte, y la agricultura, así como formar parte de la gobernanza ambiental para la construcción de territorios sostenibles, y no como un complemento accesorio.
Porque en Galápagos, aunque no siempre se las nombre como expertas, son ellas quienes sostienen gran parte de la vida cotidiana: el agua, la alimentación, la salud comunitaria, el turismo responsable, la transmisión de conocimientos.
De vuelta en el continente, en la ciudad; en Edificio La Previsora, todo se siente distinto, mientras miro el río Guayas desde la ventana, las personas que caminan apuradas, cada una con sus propios problemas, metas y proyectos. Y pienso en las múltiples formas en que la vida se sostiene: en quienes trabajan todos los días, en quienes cuidan, en quienes cocinan para sus hijos con tanto amor, en quienes construyen su futuro bajo el sol, con esfuerzo y lucha constante.
Y entiendo que, aunque los contextos son distintos, hay algo que los une: la necesidad de sostener la vida.

En Galápagos, esa responsabilidad es evidente.
En el continente, a veces se nos olvida. Fernanda Sánchez

Todas las fotos de este artículo han sido facilitadas for Fernanda Sánchez quien nos ha dado también su consentimiento para nombrar a las organizaciones o negocios nombrados en este artículo
«La historia natural de estas islas es eminentemente curiosa y merece la mayor atención». — Charles Darwin”, El viaje del Beagle (1839)..” — Charles Darwin.

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