La Cerdaña francesa: un viaje al corazón de los Pirineos

Paisaje, historia, cultura, gastronomía y hospitalidad se encuentran en La Cerdaña, un territorio de montaña que disfruta de casi 3.000 horas de sol al año, un aire seco y puro y una altitud privilegiada.  La Cerdaña francesa es un alto altiplano rodeado de cadenas montañosas que alcanzan los 3.000 metros de altitud. Estas condiciones convirtieron, desde comienzos del siglo XX, a la región en un reconocido destino climático y sanitario, primero para la recuperación de heridos tras la I Primera Guerra Mundial y posteriormente para el tratamiento de la tuberculosis y otras enfermedades respiratorias. Hoy, aquella tradición vinculada al aire y al bienestar se transforma en una nueva forma de descubrir el territorio: viajar despacio, conectar con la naturaleza y dejarse cuidar por un paisaje que lleva más de un siglo acogiendo visitantes.

Hay lugares que se visitan y otros que se descubren. La Cerdaña francesa pertenece a esa segunda categoría. Un territorio de montaña situado en los Pirineos Orientales, al otro lado de la frontera española, donde el paisaje, la historia, la agricultura, la ganadería, la gastronomía y las tradiciones continúan formando parte de la vida cotidiana.

Llegué a la Cerdaña el pasado mes de junio con motivo de un viaje de prensa y encontré mucho más que un destino de montaña.
Encontré un territorio que se está abriendo al turismo desde una perspectiva muy especial: con hospitalidad, cuidando al visitante y poniendo en valor aquello que lo hace diferente, sin renunciar a su identidad.

Aquí no se trata de acumular lugares que visitar de una lista predeterminada. Se trata de caminar, conversar, probar, observar y comprender.
De viajar más despacio.

Y de descubrir que la sostenibilidad turística también puede comenzar por algo tan sencillo como elegir, como viajeros, destinos donde nuestra visita contribuya a mantener viva la economía, la cultura y la identidad local.

La Cerdaña: un paisaje construido por las personas

La primera impresión al llegar es la de un gran paisaje de montaña abierto entre las cumbres pirenaicas: Praderas, bosques, pueblos, caminos y campos agrícolas dibujan una imagen muy diferente de la que muchas veces asociamos a los grandes destinos turísticos de montaña.

Porque aquí la montaña no es solamente un escenario. Es un lugar donde se vive y se trabaja, es la vida diaria de las personas que la habitan.

La agricultura y la ganadería continúan formando parte del paisaje y de la identidad de La Cerdaña. Los campos, los animales y las pequeñas poblaciones cuentan la historia de generaciones que han aprendido a vivir en este territorio de montaña. Y eso es precisamente lo que hace interesante descubrirla desde una perspectiva de turismo responsable.

Cuando viajamos a zonas rurales, nuestra presencia puede contribuir a mantener negocios, alojamientos, restaurantes, productores y actividades que dependen de la economía local. Nuestra elección contribuye a que la decisión que tomemos apoye o no al pequeño empresario local que además nos ofrecerá una experiencia más cercana, nos hablará de cómo viven, de sus inquietudes, sus retos, sus tradiciones, en definitiva, su identidad.

La sostenibilidad no consiste únicamente en proteger la naturaleza. También consiste en mantener vivos los territorios. El turismo consciente es aquel que no solo se deja llevar por la comodidad y las listas de “Imprescindibles o must-see“, sino el que quiere experimentar el destino como un local. Ser un local más cuando viajamos es la vía ideal para conseguirlo.

Dormir en una masía: cuando el alojamiento forma parte del viaje

Una de las primeras experiencias de nuestro recorrido fue alojarnos en la Masia del Taulat, ubicada en Llo, es un espacio que permite acercarse al paisaje y a la arquitectura tradicional de La Cerdaña.

No es lo mismo dormir en un establecimiento que podría estar en cualquier lugar que hacerlo en una masía inserta entre montañas y praderas con magníficas vistas de La Cerdaña. El propio alojamiento se convierte en una forma de conocer.

La arquitectura, el entorno, la tranquilidad y la relación con el paisaje nos recuerdan que el turismo rural puede ser mucho más que una alternativa de alojamiento. Elegir un alojamiento rural cambia la relación con el destino. Y lo mejor en este caso concreto fue la hospitalidad y cortesía de sus dos grandes anfitriones: Toni y Michel. Son el alma del lugar, y los que te hacen sentir mejor que en tu propia casa:  un espacio de relax y descanso para cualquier época del año.

Alguien en una ocasión me dijo que el alojamiento es la puerta de entrada al destino. Y tiene toda la razón. Es el primer lugar que pisamos cuando llegamos. Y además, puede ser una herramienta para poner en valor el patrimonio y generar actividad económica en zonas rurales. Y, sobre todo, permite al visitante experimentar el destino desde dentro. Por ello es siempre importante elegir lo local, lo que tiene identidad propia y pertenece al lugar.

La gastronomía es exquisita, elaborada en su mayoría con ingredientes locales y cocinada de forma experta, respetando las recetas y técnicas tradicionales. Cada plato superó nuestras expectativas y, entre bocado y bocado, tuvimos la oportunidad de conocer la historia de los fundadores de la Masia del Taulat, su apuesta por este proyecto, los retos que han afrontado y los objetivos que se han marcado para el futuro.

Caminar para descubrir la Cerdaña rural

Hay otra forma de acercarse al territorio: caminar.

Durante nuestro recorrido pudimos conocer La Cerdaña a través de caminos y espacios rurales donde aparecen campos, praderas, ganado, bosques y pequeños pueblos de montaña.

Caminar obliga a reducir el ritmo. Y cuando reducimos el ritmo empezamos a ver cosas que desde un vehículo pasan desapercibidas. Una explotación ganadera. Una pequeña iglesia. Un agricultor trabajando. Un camino antiguo. Una casa de piedra. Un paisaje que cambia lentamente.

El slow travel no tiene por qué ser una tendencia. Puede ser simplemente una manera más consciente de viajar.

Caminar permite además que nuestra experiencia tenga una menor huella de movilidad y, al mismo tiempo, favorece una relación mucho más cercana con el territorio.

Dorres: el bienestar que nace de la montaña

En la Cerdaña, el bienestar también tiene una historia. En el pequeño pueblo de Dorres encontramos uno de esos lugares donde naturaleza, patrimonio y bienestar se encuentran: sus baños termales.

Las aguas calientes de Dorres permiten disfrutar de una experiencia sencilla y profundamente conectada con el paisaje. Sentarse en el agua mientras las montañas aparecen alrededor es una experiencia difícil de explicar con fotografías.

Aquí no hacen falta grandes artificios. El agua, la montaña y el paisaje son suficientes.

Este tipo de experiencias recuerdan que el turismo de bienestar puede estar estrechamente relacionado con los recursos naturales y culturales de un territorio, siempre que estos se gestionen de manera responsable.

Volar en globo: la Cerdaña desde otra perspectiva

Si caminar permite descubrir la Cerdaña paso a paso, volar en globo permite comprender su dimensión.

El vuelo con Montgolfières des Pyrénées fue una de las experiencias más singulares del viaje.

Era la segunda vez que volaba en globo. La primera fue en La Garrotxa y, desde entonces, tenía claro que repetiría la experiencia si se presentaba la oportunidad.

Hay algo difícil de explicar cuando el globo comienza a elevarse: una sensación de paz y quietud que contrasta con la emoción de estar suspendido sobre el paisaje. El mundo queda abajo y, durante unos instantes, parece que todo sucede a otro ritmo.

Desde el aire, la frontera desaparece. Las montañas, los pueblos, los campos y los bosques forman un único paisaje: pudimos ver una simbiosis del Pirineo francés y Catalán llegando a avistar hasta el Pedraforca.

Es una perspectiva que nos recuerda que los territorios naturales no entienden de fronteras administrativas: Los ríos dibujan sus recorridos, las montañas adquieren nuevas formas, aparecen las poblaciones, los campos agrícolas y el ganado. Poco a poco se entiende cómo todas esas piezas forman un mismo territorio.

¿Es sostenible volar en globo?

Algunas personas me lo han preguntado después de conocer esta experiencia, y creo que es una pregunta necesaria.

No, un vuelo en globo no puede considerarse una actividad sin impacto ambiental. Los quemadores utilizan propano y, por tanto, generan emisiones de CO₂. Si hablamos de turismo responsable, no deberíamos esconder este impacto detrás de palabras como “eco” o “sostenible”. Aún así, el globo completo emite menos CO2 que el que se produce por pesona en un vuelo comercial durante el mismo espacio de tiempo.

Pero también creo que es importante mirar el impacto con cierta perspectiva y no reducir la sostenibilidad a una única variable.

Un globo no necesita estructura para su actividad: no es necesaria una pista de aterrizaje, ni grandes infraestructuras específicas para elvarse o aterrizar. La operación se realiza desde espacios abiertos y el lugar de aterrizaje se adapta a las condiciones del vuelo. Y esto también importa.

Toda infraestructura turística tiene una huella: deforestar, ocupar suelo, construir accesos, pavimentar, transformar el paisaje o fragmentar hábitats puede tener consecuencias sobre los ecosistemas y la biodiversidad.

Por eso, cuando hablamos de turismo responsable, debemos analizar el conjunto de impactos de una experiencia y no solamente sus emisiones directas de carbono.

Esto no convierte al globo en una actividad sostenible por definición. Pero sí nos recuerda que, cuando hablamos de turismo responsable, debemos mirar el impacto de una experiencia en su conjunto.

Para mí, la clave está en ser conscientes de ese impacto y disfrutar de la experiencia con transparencia.

Y quizá ahí está lo más valioso de volar: elevarse lo suficiente para contemplar el territorio en toda su dimensión y, al mismo tiempo, volver a tierra con una mayor conciencia de lo que estamos viendo y de la responsabilidad que tenemos de conservarlo.

Porque solo podemos cuidar aquello que primero aprendemos a valorar.

La historia de la Cerdaña está en sus pueblos y en sus museos

Para comprender un territorio no basta con conocer sus paisajes. Hay que conocer también su historia.

La Cerdaña tiene una identidad compleja y fascinante. Una comarca históricamente dividida por una frontera política, pero unida por una cultura, una lengua, unas tradiciones y una forma de vida compartidas.

El Musée de Cerdagne, instalado en la antigua granja Cal Mateu, en Sainte-Léocadie, es una masía del Siglo XVIII, un ejemplo de las grandes explotaciones agrícolas de la Cerdaña. Su visita nos permitió acercarnos a su historia a través de una ruta guiada y de su exposición temporal.

El museo permite comprender cómo se ha construido la vida de este territorio y cómo la agricultura, la arquitectura, las tradiciones y las relaciones entre comunidades han dado forma a la Cerdaña actual.

Su historia está ligada a la división de la región entre Francia y España tras el Tratado de los Pirineos de 1659. Hoy, el museo conserva colecciones agrícolas y explica la historia, tradiciones y evolución de la Cerdaña.
La finca cuenta además con un huerto de altura y las distinciones de Monument Historique y Musée de France.

Y aquí aparece una de las claves del turismo cultural responsable: conocer antes de interpretar. Cuando entendemos la historia de un lugar, dejamos de verlo simplemente como un escenario bonito. Empezamos a comprenderlo.

El Tren Amarillo: cuando el transporte centario también forma parte del viaje

Hay experiencias que representan perfectamente una forma diferente de viajar. El Tren Amarillo es una de ellas.

Nuestro recorrido comenzó en Ur y continuó hasta Mont-Louis–La Cabanasse. El conocido “Train Jaune” recorre las montañas de los Pirineos Orientales desde hace más de un siglo y se ha convertido en uno de los grandes símbolos de esta parte de la Cerdaña. Pero más allá de su atractivo turístico, utilizar el tren cambia completamente la experiencia.

No hay que conducir. No hay que buscar aparcamiento. No hay que concentrarse en la carretera. Solo hay que sentarse y mirar. Montañas, viaductos, bosques y pueblos aparecen ante nosotros mientras el tren avanza a su propio ritmo.

Aquí el desplazamiento deja de ser una interrupción entre dos actividades y se convierte en parte de la experiencia. Y esta es una de las grandes oportunidades para un turismo más sostenible: favorecer que el visitante pueda descubrir el territorio mediante alternativas al vehículo privado.

Viajar despacio también puede significar viajar mejor.

Mont-Louis: una fortaleza entre las montañas

Nuestra llegada a Mont-Louis nos permitió descubrir otro de los grandes valores de la Cerdaña: su patrimonio histórico.

La ciudadela de Mont-Louis forma parte del sistema de fortificaciones diseñado por Vauban durante el reinado de Luis XIV y constituye uno de los grandes ejemplos de arquitectura militar de la región.

Caminar por sus calles es viajar hacia otra época. Mont-Louis, una fortaleza de Vauban en plena montaña.
Construida por Vauban entre 1679 y 1681, Mont-Louis nació para proteger la frontera francesa con España y controlar el estratégico paso hacia la Cerdaña.
A 1.600 metros de altitud, su ciudadela conserva prácticamente intactos sus bastiones, murallas, puertas, cuarteles y antiguos pozos, incluido el singular Pozo de los Forzados, situado uno de los elementos históricos de la fortaleza. Su construcción está vinculada a los trabajos realizados por presos condenados a trabajos forzados. El pozo garantizaba el acceso al agua dentro de la ciudadela y formaba parte de su sistema defensivo. Hoy es un testimonio de la historia militar y de las duras condiciones de trabajo de la época.
La fortaleza forma parte de las Fortificaciones de Vauban declaradas Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2008, como ejemplo excepcional de arquitectura militar adaptada a la montaña.
Además, es especialmente singular porque la ciudadela mantiene todavía su función militar, actualmente vinculada al Centro Nacional de Entrenamiento de Comandos.

Pero Mont-Louis también mira hacia el futuro. Y lo hace a través del Horno Solar, una instalación que aprovecha la extraordinaria radiación solar de la zona para demostrar las posibilidades de la energía solar.

Es una combinación fascinante: una ciudadela del siglo XVII y una tecnología solar que nos habla del futuro.

Patrimonio e innovación. Historia y sostenibilidad.

Dos conceptos que pueden convivir perfectamente cuando un territorio sabe poner en valor sus recursos.

Después de la visita llegó otro de los placeres esenciales de cualquier viaje: sentarnos a la mesa.

La gastronomía fue otro de los grandes protagonistas del viaje.

En La Table de la Citadelle, en Mont-Louis, tuvimos la oportunidad de sentarnos a la mesa y descubrir parte de la gastronomía local.

Y es imposible hablar de turismo rural sin hablar de alimentación. Porque detrás de cada producto local existe una cadena de personas, conocimientos y actividades económicas: agricultores, ganaderos, productores, restaurantes y pequeños comercios.

Cuando elegimos productos locales durante nuestros viajes, una parte mayor del gasto turístico puede permanecer en el territorio.

Por eso, comer local también es una forma de viajar responsablemente. La gastronomía no es simplemente algo que hacemos durante un viaje. Es parte del patrimonio cultural.

La Gruta de Fontrabiouse: el paisaje bajo nuestros pies

La Cerdaña también tiene una dimensión que no vemos desde el exterior. En la Gruta de Fontrabiouse, el paisaje cambia completamente.

Dejamos atrás las grandes panorámicas de montaña para entrar en el interior de la tierra. Bajo las montañas de la Cerdaña existe otro paisaje, silencioso y sorprendente. La Gruta de Fontrabiouse permite adentrarse durante unos 800 metros en un mundo mineral modelado durante miles de años por el agua y el tiempo. Sus estalactitas y otras formaciones esconden una particularidad fascinante: los procesos que las crean todavía continúan hoy, convirtiendo la visita en un encuentro con una naturaleza que sigue transformándose lentamente:

Formaciones geológicas, agua y millones de años de historia natural construyen un paisaje completamente diferente.

El crecimiento de las estalagtitas y estalagmita es sumamente lento, más de 20.00 años para crecer un centímetro. El calizo en el que se encuentra tiene unos 180 millones de años y se formó durante el Jurásico, cuando esta zona estaba cubierta por el mar.

Descubierta accidentalmente en 1958 durante la explotación de una cantera de mármol, no abrió sus puertas al público hasta 1983.

La Gruta de Fontrabiouse es un auténtico archivo geológico bajo las montañas de la Cerdaña: un paisaje que el agua ha ido esculpiendo lentamente durante miles de años y que todavía hoy continúa transformándose.

La visita recuerda que los Pirineos no son solamente montañas que admiramos desde fuera. También son un territorio geológico extraordinariamente rico. Y descubrirlo nos permite ampliar nuestra mirada sobre la naturaleza.

Tras dejar las cuevas de Fontrabiouse, nos dirigimos hacia Les Angles, donde se encuentra este centro de balneoterapia y bienestar. Fue una auténtica pausa para disfrutar del bienestar en un entorno de montaña, con el agua como protagonista y unas magníficas vistas sobre el lago, la estación de esquí y el antiguo pueblo.

La experiencia combina diferentes espacios de relajación, desde piscinas y zonas de hidromasaje hasta saunas, hamams y una cueva de sal. Un lugar pensado para bajar el ritmo, relajarse y recuperar energía, y que encaja especialmente bien con la filosofía de un destino de montaña que apuesta por el bienestar más allá de la nieve y las actividades deportivas.

Font-Romeu: el camino de los peregrinos

Si hay un lugar del viaje que resume especialmente bien la capacidad de la Cerdaña para conectar pasado y presente, ese es Font-Romeu.

Hoy conocemos Font-Romeu como destino de montaña, deporte, naturaleza y bienestar. Pero su historia está profundamente vinculada a la peregrinación.

Durante siglos, los peregrinos llegaron hasta este lugar para visitar el santuario de Notre-Dame de Font-Romeu.

Dormir en Grand Hôtel l’Ermitage Font-Romeu: del refugio de peregrinos al hotel contemporáneo

Alojarse en el Grand Hôtel L’Ermitage fue uno de los momentos más especiales del viaje.

El edificio tiene una historia estrechamente vinculada a la acogida de peregrinos. Lo que antiguamente fue un lugar destinado a recibir y alojar a quienes llegaban hasta el santuario es hoy un hotel contemporáneo que ofrece una experiencia de alojamiento de alta gama.

Pero el pasado no ha desaparecido. Permanece en el edificio. Permanece en la memoria. Y permanece especialmente en la relación del hotel con la iglesia y con el patrimonio religioso del conjunto. La capilla de L’Ermitage conserva importantes elementos del patrimonio barroco catalán y numerosos testimonios de la devoción de quienes llegaron hasta este lugar. Entre ellos se encuentran los exvotos, pequeñas expresiones de agradecimiento que cuentan historias personales de peregrinos y visitantes.

Y ahí es donde la experiencia adquiere una dimensión diferente.

Dormir en Grand Hôtel L’Ermitage no significa simplemente dormir en un hotel. Significa hacerlo en un lugar que durante generaciones tuvo otra función y que todavía conserva parte de esa memoria.

Es una forma de lujo diferente: un lujo basado en la singularidad, en la historia, en el patrimonio, en la tranquilidad, en el cuidado y en la posibilidad de vivir una experiencia que no podría reproducirse en cualquier otro lugar. Dormir en un edificio histórico. Contemplar un paisaje sin masificación. Disfrutar de una cena cuidada. Conocer la historia del lugar. Ser recibido de manera cercana. Tener tiempo.

Disfrutamos de una exquisita cena en Le Saint-Anne, el restaurante gastronómico del Grand Hôtel L’Ermitage. Fue una magnífica manera de descubrir la Cerdaña también a través de su gastronomía. El chef Robin Parent propone una cocina que combina producto local, tradición y creatividad, con un menú gastronómico cuidado hasta el último detalle y protagonizado por los sabores del territorio y los productos de temporada.

La velada tuvo además un componente especialmente cercano: durante la cena pudimos conversar con el propietario del hotel, Jean Parent, que nos explicó con entusiasmo su nuevo proyecto de ampliación. Este ala adicional incorpora nuevas habitaciones y una decoración exquisita que mantiene la elegancia y personalidad del establecimiento, pero apuesta por una estética todavía más sofisticada, cuidada y contemporánea. Una conversación que nos permitió conocer de primera mano la evolución de este proyecto hotelero y su apuesta por ofrecer una experiencia de montaña basada en la gastronomía, el diseño y la hospitalidad.

Cuando el lujo también puede ser patrimonio

La experiencia en el Grand Hôtel l’Ermitage de Font Romeu plantea una reflexión interesante sobre el concepto de lujo en el turismo actual.

Durante mucho tiempo, el lujo se ha asociado al exceso. Pero quizá el lujo del futuro tenga más que ver con aquello que no se puede copiar. Y saber que detrás de la experiencia existe un patrimonio que merece ser conservado.

Ese es un lujo que tiene mucho más sentido en un mundo que necesita avanzar hacia un turismo más responsable.

Font-Romeu: mucho más que nieve

Nuestra estancia en Font-Romeu nos permitió conocer también su faceta como destino de turismo activo. La montaña de Font-Romeu ofrece mucho más que nieveo. En primavera, verano y otoño, los alrededores del Grand Hôtel L’Ermitage invitan a descubrir una Font-Romeu diferente, donde naturaleza, arte y deporte se encuentran. Una de las propuestas más originales es el Museo Sin Muros, un recorrido forestal de unos 1,2 kilómetros que integra más de cuarenta esculturas contemporáneas entre árboles, claros y miradores. El sendero es gratuito y accesible durante todo el año, y en otoño el bosque adquiere una belleza especial.

Para quienes buscan actividad, Chacun sa Trace ofrece recorridos de aventura entre los árboles, tirolinas y propuestas como el Escape Game Outdoor, con diferentes niveles de dificultad. Muy cerca se encuentra también el Centro Nacional de Entrenamiento en Altitud (CREPS/CNEA), uno de los referentes deportivos de Font-Romeu.

El ciclismo, el senderismo y otras actividades de naturaleza ofrecen oportunidades para diversificar la oferta turística y atraer visitantes interesados en experiencias activas, especialmente fuera de los modelos tradicionales de turismo de masas.

Y la Cerdaña tiene una ventaja evidente: el paisaje ya está ahí. El reto consiste en disfrutarlo sin deteriorarlo.

Y como broche, continuamos nuestro recorrido hasta el El Calvario, el Peregrino y la Portadora de Agua, desde donde se disfruta de una espectacular panorámica de 360° sobre la Cerdaña.

Una Cerdaña que se abre al turismo sin perder su identidad

Después de recorrer la Cerdaña francesa, lo que más me llamó la atención no fue únicamente la belleza del paisaje.

Fue la sensación de estar ante un territorio que todavía conserva una identidad propia. Un territorio donde el turismo está presente, pero no lo ocupa todo. Donde existen pueblos de montaña que mantienen su vida cotidiana. Donde la agricultura y la ganadería continúan formando parte del paisaje. Donde los museos cuentan la historia local. Donde los trenes históricos permiten descubrir las montañas. Donde la gastronomía está vinculada al territorio. Donde las antiguas rutas de peregrinación siguen formando parte de la memoria. Y donde edificios históricos pueden encontrar una nueva vida sin perder completamente su pasado. La Cerdaña tiene ante sí una oportunidad: crecer hacia un turismo sin convertirse en un destino más.

Porque el futuro del turismo no debería consistir en conseguir cada vez más visitantes, sino en conseguir que los visitantes que llegan aporten valor al territorio y reciban a cambio una experiencia auténtica y significativa.

Viajar más despacio para viajar mejor

Mi viaje por la Cerdaña francesa me deja una conclusión clara. No necesitamos buscar siempre destinos lejanos para encontrar experiencias extraordinarias. A veces, muy cerca, existen territorios que todavía no conocemos suficientemente.

Lugares donde podemos caminar. Comer productos locales. Dormir en alojamientos con historia. Viajar en tren. Conocer a productores. Descubrir museos. Escuchar historias. Contemplar montañas.

Y entender que un destino es mucho más que aquello que aparece en una fotografía. La Cerdaña francesa invita precisamente a eso: a viajar más despacio, mirar con más atención y consumir menos el destino para vivirlo más.

Porque cuando el turismo se hace bien, el visitante no debería llevarse solamente fotografías. Debería llevarse también una mayor comprensión del lugar que ha visitado.

Y el territorio debería quedarse con algo más valioso: una economía local fortalecida, un patrimonio valorado y una comunidad que pueda seguir viviendo de aquello que hace único su hogar. Ese es, para mí, el verdadero significado de viajar de forma sostenible.

Si buscas una forma diferente de descubrir los Pirineos, pon rumbo a la Cerdagne francesa.

  • Llega con tiempo.
  • Muévete despacio.
  • Camina.
  • Sube al Tren Amarillo.
  • Habla con sus productores.
  • Prueba su gastronomía.
  • Conoce su historia.
  • Duerme en alojamientos con identidad.
  • Y, sobre todo, deja espacio para que sea el propio territorio quien te sorprenda.

Porque viajar de forma más sostenible no significa viajar menos.

Significa viajar mejor.

¿Preparando ya tu próxima escapada a la Cerdaña francesa? La Oficina de Turismo de Pyrénées-Cerdagne reúne toda la información necesaria para descubrir el destino: experiencias, patrimonio, naturaleza, gastronomía, actividades y propuestas para cada estación del año.

Vive a tu ritmo la Cerdaña Francesa

Ésta es la mejor manera de descubrir la Cerdagne:

Sin prisa. Con curiosidad. Con respeto. Y dejando que las montañas cuenten su propia historia.

Mi agradecimiento especial a Welovesea Events, a los compañeros de viaje de La Revista de Vic, y Ruta en familia, y a Raphaëlle y Jean-Rémy de las oficinas de Turismo Pyrénées-Cerdagne y Pyrénées-Catalanes por esta maravillosa experiencia y descubrir esta joya escondida.

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